Agricultura Sostenible 

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La Agricultura de Conservación, pieza clave para proteger el suelo, capturar carbono y reducir emisiones a la atmósfera

El Día Mundial del Suelo se celebra cada 5 de diciembre desde que fue declarado en la 68º Asamblea General de las Naciones Unidas en diciembre de 2013.
 

La finalidad de la declaración de este día es dotar de la suficiente importancia a los suelos, que han pasado desapercibidos por demasiado tiempo pese a ser el sustento de nuestros cultivos, que son la base de la alimentación global. Algo que se hace todavía más importante en el actual entorno de cambio climático.

El suelo es un ente vivo con una elevada resiliencia que le hace pasar inadvertido cuando se habla de problemas medioambientales. Uno de los principales problemas ambientales que golpea este sistema es la erosión, provocada a menudo por las técnicas agrícolas empleadas y que pone en peligro la eficiencia en la producción de alimentos. Para nuestro sistema de cultivo, el suelo es fundamental. No sólo sirve de sustento físico, también permite a las plantas nutrirse.

La Agricultura de Conservación es un sistema de prácticas agrícolas enfocado en disminuir al máximo la alteración que se produce en el suelo. La aplicación de estas prácticas reduce la erosión del suelo, incrementa sus niveles de materia orgánica, mejora la estructura y la diversidad del suelo e incrementa la fertilidad natural de este.

La reducción y/o eliminación del laboreo ayuda a capturar más carbono, reduciendo la emisión de CO2 a la atmósfera, algo que también se ve incrementado por las disminución del consumo de combustibles en las operaciones con maquinaria agrícola; reduce la escorrentía, con lo que el peligro de contaminar aguas superficiales por arrastre es mucho menor; retiene más agua, optimizando la disponibilidad y uso de ésta, al tiempo que reduce la pérdida de nutrientes por lixiviado; y disminuye el riesgo de inundaciones y movimiento de tierras.

Una de las prácticas llevadas a cabo por la Agricultura de Conservación es la siembra directa, es decir, el suelo no recibe labor alguna desde la recolección del cultivo hasta la siembra siguiente, manteniéndose todos los restos de la cosecha. También se pone en práctica el mínimo laboreo con cubierta o laboreo de conservación que prepara el lecho de siembra mediante una o dos labores superficiales dejando al menos el 30% de los restos del cultivo anterior sobre el suelo. Diversos estudios demuestran que a partir de un 30% de cobertura de suelo la erosión disminuye significativamente. Si se llega a una cobertura del 60%, esta prácticamente desaparece.

Estudios  sobre Agricultura de Conservación, en cultivos de trigo, girasol y leguminosas, han mostrado que aquélla ha conseguido aumentar el contenido de agua en el suelo entre el 2,1% y el 18,0%, así como incrementar la captura media de carbono en más de un 30% llegando a niveles de hasta más del 56% y reduciendo las emisiones de Gases de Efecto Invernadero en más del 19% en relación con la agricultura convencional.

No podríamos pensar en todos esos beneficios sin la puesta a disposición de los agricultores de herramientas esenciales, como han sido las máquinas de siembra directa o el herbicida glifosato para el control de las malas hierbas previo a las operaciones de siembra.

 

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